lunes, 12 de noviembre de 2012

Sleepness.


Suena “Donde todo empieza”, de Fito y Fitipaldis. Tania no da conciliado el sueño, y dentro de 4 horas tiene que levantarse.
No para de dar vueltas en la cama, abre y cierra los ojos continuamente. En uno de esos momentos, ve en la total oscuridad de su habitación, la carita de niño que tanto le gusta. La ve de perfil, y revive aquella sensación de felicidad cuando posó su nariz en la mejilla de él, y es como si volviera a sentir su olor. Sonríe, sonríe una y otra vez, aún sin saber exactamente si tiene motivos para ello. A ella le basta con rememorar aquella(s) tarde(s), en las que su único anhelo era que se parase el tiempo.
Se levanta, se pone las botas y la bufanda y va a la cocina. Ve tabaco en la mesa, y piensa, “¿por qué no?”. Se calienta un gran tazón de café solo; está segura de que esa noche no va a dormir. Sale a la terraza, y el frío le golpea en la cara. “Qué daría porque él estuviera aquí ahora, para abrazarme”, piensa, mientras camina hacia el fondo. Apoya el cenicero y el tazón en el borde del muro, enciende el cigarro y cierra los ojos. Exhala el humo, y cuando lo suelta, respira profundamente. El aire está frío, el invierno se está anticipando demasiado. Mira la Blackberry mientras le da la última calada a su tercer cigarro. 5:57am. No está mal, se había pasado toda la madrugada pensando en él. Se pone los cascos; suena “Vis a vis” de Leiva.
Me encantas”; “eres mía”, “cuando estoy contigo…”; cada una de esas frases hacía eco en su mente, al compás en que él pestañeaba en su imaginación, y siguiendo el ritmo exacto en que su corazón latía en el momento en que esas palabras salieron de sus labios, hace ya.
Pasan las horas, y ella sigue de pie, frente al patio del colegio. No son vistas muy agradables, desde luego, pero ella sigue con esa sonrisa. Piensa que todo es bonito si está pensando en él. Y efectivamente. Son las 7:55am y Tania decide entrar, con la taza de café medio llena y un cigarro a medio consumir. No le hace especial ilusión tener que encerrarse cinco horas y media en esas cuatro paredes que no le daban la libertad absoluta que quería tener con él, pero al menos, pensaba, tenía toda la libertad del mundo para imaginar.
Iba a ver su mirada, y ese era el motivo suficiente para salir a la calle con las fuerzas que necesitaba. Suena “Voy a comerte”, otra de Leiva. Es feliz, y no se puede negar. 

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